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SEÑALES DE VIDA - Poemas.
POEMA II
Mañana de tu pecho caliente,
verano de tu vientre
al que despierto
con florones de fuego
y tálamos ardientes
improvisados en cualquier rincón.
No me leas el curso de las alas
sino el rumbo del vuelo
no me sigas la estela
sino el paso delantero.
El intenso presente resplandece
en la sorna morena de tu rostro
sumergido en la danza
horizontal y elástica del sexo.

Vívora de tu talle y de tus muslos
que serpentea por la cama
forrando mi deleite
con campanadas húmedas
que tañe mi badajo
perdido entre las cúpulas de carne,
en el templo sereno de tu cuerpo
donde dioses de seda
canonizan tu piel.
Un viento sin materia nos empuja
hacia el vórtice mismo del amor
y es mirarte a los ojos y sentir
la marea que circula
y me lleva girando hacia tu voz,
hacia el rito sensual de tu sonrisa
con comillas pulidas,
titulando tu boca de rompientes
y bancos de coral.

Navegante del cuerpo,
la punta de tu lengua
dibujando mi pecho,
el sauce de tu pelo
lloviendo sobre mí
y tus manos abiertas
como flores etéreas
amasando mi cuello,
desintegrándome.
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TODO MIGUEL CANTILO - Poemas y Canciones.
CATALINA BAHÍA
Catalina tenía la rutina
del eterno crepúsculo en la piel
su comarca de sexo en una esquina
sus hectáreas de pecho en un vaivén
Catalina sabía el argumento
de la sábana rota por amor
me soplaba la letra con su aliento
y nos iba surgiendo esta canción
labio sobre labio sobre labio
y la península mía
beso contra beso contra beso
y tu bahía.

Cuando se hacen las dos de la mañana
cuando se hacen las cuatro del amor
sus pupilas hamacan porcelana
en ojeras de rimmel y carbón
Catalina de fuego y nicotina
esperando volver a comenzar
bocanada profunda que ilumina
la mirada marrón de par en par.
Labio sobre labio sobre labio
y la península mía
beso contra beso contra beso
y tu bahía.
La mirada en el techo de los días
la ceniza en el suelo del pudor
y su nombre arrugado en una silla
su apellido tendido del balcón.
Encender la fogata que combina
mi melena, la tuya y la del sol
un retrato de fuego Catalina
con rutina de lento caracol.
Labio sobre labio sobre labio
y la península mía
en tu bahía.
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CHAU LOCO!
Los hippies en la Argentina de la década del ´60. (Fragmento)
"Me parece adecuado echar un subjetivo vistazo de memoria al contexto socio-político de la primera parte de la década del setenta en Argentina. Predominaba la mentira del tipo que uno quisiera, sostenida por odio, persecución, hipocresía, delación y tortura. Contra ella se alzaba la rebeldía, en unos violenta y los otros creativa. Los violentos fueron utilizados por otros violentos más experimentados que encontraron en el "activismo", curiosa palabra, una moneda de cambio para presionar al sistema. Este, ya de por sí, venía regulado desde años atrás por una violencia institucional uniformada, cuidadora de los intereses de la clase económicamente dominante y respaldada por los "Masters of War" que denunciaba Bob Dylan, de modo que la insurrección violenta era estudiada y tolerada internacional- mente, hasta que los dueños de la bomba dijeran stop. Y ya teníamos cerca el patético ejemplo chileno. Sin embargo si había algo llamativo era esa ebullición creativa mediante la cual actores, plásticos, bailarines, poetas, artesanos, músicos, intelectuales, críticos y hasta religiosos tercermundistas, por citar sólo algunas disciplinas, buscaban afanosamente la piedra filosofal para equilibrar una sociedad que sufría de clasismo agudo. Los intelectuales de izquierda pugnaban por aplicar los moldes ideológicos europeos, confiando en la política como vara niveladora. La patria socialista, la revolución permanente, la reforma agraria, conceptos que se repetían una y otra vez como punto de partida hacia otros más comprometidos, de la talla del hombre nuevo, las milicias populares y uno, en especial, generosamente abarcativo: la militancia. La opción política de izquierda era algo así como militancia antimilitarista. Pero, simultáneamente, la derecha no se dormía, enarbolando una cruzada anticomunista que iba desde el extremismo fascista de raigambre católica "preconciliar", hasta la cara política que operaba desde el gobierno a través de ministros e ideólogos ungidos por la tutoría de los cuarteles. No había que ser un visionario para comprender los alcances de la utopía activista, aunque sí había que desarrollar una aguda percepción para delinear un coherente proyecto de vida entre consignas de combate en boca de eufóricos estudiantes y amenazas repetidas desde las fuentes del poder. El proyecto de numerosos individuos hábiles para la vida creativa se mudó entonces fuera de los confines de la república.Emigraron artistas y profesionales de todo tipo, quienes previeron las consecuencias de un mandato ambiguo y falaz que tenía fachada democrática y corazón exterminador. Los destinatarios de una preparación escolar y académica privilegiada en su tipo, la mayoría de los casos pública, que se vieron con sus diplomas y conocimientos repentinamente gobernados por títeres de la clase armada, en algunos casos siniestros como José López Rega, simplemente abandonaron el barco. Emigraron buscadores de tesoros y alquimistas del arte y la ciencia, huyeron despavoridos de la caricatura de país en que se había convertido su querida Argentina. Sin embargo durante los primeros años de la década hubo también un movimiento migratorio hacia el interior del país que se mostraba como una panacea ante el caos reinante en la capital. Las sierras de Córdoba, las montañas del sur, las costas marinas de la provincia de Buenos Aires, recibieron grupúsculos de gente pacífica e inquieta, que no compartía las premisas taxativas de facciones armadas, ni respondía a las arengas de poetas, actores e intelectuales "calientacabezas". Entre varios de esos núcleos humanos, familias, grupos de estudio, talleres, comunas o como quisiese nombrárselos, figuraba el nuestro: Un conjunto de escépticos hartos de pasar noches en comisarías, de ser interrogados en las esquinas, maltratados en cualquier repartición pública, segregados de cualquier ámbito por el único delito de no vestir como la mayoría (saco azul, pantalón gris, corbata, fijador) y de tener inclinaciones estéticas coloridas y estridentes, presumi_ blemente relacionadas con los "estupefacientes". La alternativa de los órganos de represión policial se podía sintetizar en una pregunta que solían formularnos cuando les resultaba demasiado complicado clasificarnos: -¿Y vos qué traés, la bomba o la droga? Cada tanto alguien venía de Buenos Aires contando que el presidente Perón había retado a los jóvenes en medio de un multitudinario discurso y les había dicho "estúpidos imberbes" (o algo así) a esos mismos "militantes" de la juventud peronista que se jugaban el pellejo en operativos destinados a lograr el advenimiento de la patria socialista, por ejemplo ponerle una bomba a un comisario en el barco en que salía a navegar. Era sorprendente lo poco que nos afectaban esos datos. Eran como noticias de otro país, de otra realidad. La nuestra era encontrar una entrada a la cordillera para instalarnos en alguna tierra fiscal definitivamente desconectada de la civilización. Trabajar la tierra, fundar una colonia, criar a nuestros hijos. No obstante, éramos demasiado indulgentes con nosotros mismos ya que nos creíamos capaces de dominar con facilidad el medio natural, siendo que ostentábamos un pasado urbano de confort y automatización. En eso estábamos tan errados como cualquier militante de izquierda universitaria, que empuñaba un arma para reclamar justicia social. En lo inmediato lo nuestro se veía menos heroico y más factible, pero el tiempo fue demostrándonos la indomabilidad del medio agreste y la excesiva ambición de nuestro plan. El tiempo fue llevándonos de un lado a otro permitiéndonos mantener al menos uno de los principios básicos de nuestra elección: la cercanía de la naturaleza y la armonía con sus leyes.
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